- Carlisle –gritamos mi padre y yo al mismo tiempo.
Mi abuelito corrió hacia mí y yo me aparte de Jacob ligeramente, quien me veía con los ojos interrogantes, me apresuré a ponerle mi mano en su mejilla y decirle que el bebé estaba a punto de nacer.
Todos se agitaron alrededor, mi papá también estuvo a mi lado en una fracción de segundo, me recostó en el suelo, le exigió saber a mi abuelito mi estado.
- ¿Carlisle? –la voz angustiada de mi padre, alteró el animo de todos, sabía por mis pensamientos que sentía cada movimiento del bebé y que por la rapidez que estos ocurrían no faltaba mucho tiempo para que llegara al mundo.
- No hay tiempo de llevarla a la casa –anunció mi abuelito, Jacob se inclinó sobre mí, su rostro se volvió a crispar de angustia, mi prioridad era que él no se preocupara, el bebé venía en camino pero yo no sentía dolor alguno. Íbamos a estar bien.
- Perrito no te preocupes, todo esta bien ¿verdad abuelito?
Carlisle no contesto, pues estaba más concentrado en prepararse para recibir al bebé.
Rápidamente me despojó de la ropa, no tenía ningún instrumento médico para diagnosticarme, pero sí siglos de experiencia, aun así yo no era una humana, podía ser tal vez demasiado fuerte para el bebé.
- No pujes pequeña –me ordenó delicadamente –el bebé saldrá sólo, tu cuerpo está haciendo todo el trabajo.
Sentí un poco de pena cuando me quitaron la ropa, pero obviamente ninguno de los presentes me miraba de esa manera.
En seguida todos se organizaron para auxiliarnos, algunos se fueron a la casa a buscar lo necesario, y otros buscaron no incomodarme y decidieron retirarse, sólo un poco porque también se encontraban preocupados.
Todo fue ocurriendo muy rápido, las contracciones indoloras sucedían unas tras otras, en intervalos menores a los 30 segundos; claramente sentí como mi cuello uterino se abría y mi bebé se deslizaba delicadamente por el.
Cuando mi abuelito anunció que veía la cabeza del bebé, temblé de emoción, muy pronto lo tendría en mis brazos, conocería su rostro, tomaría sus manitas y no las soltaría nunca.
Mi precioso bebé -le repetía una y otra vez, me sentía bastante nerviosa, y con mucho miedo de que algo saliera mal, aun no era tiempo para el nacimiento aun faltaban un par de semanas, pero seguramente lo que acababa de vivir había acelerado el proceso, sólo pedía que todo saliera bien.
Se había hecho un enorme silencio expectante, cada uno de los presentes se había alejado para darnos espacio, los licántropos se había replegado en las cercanías, esperando a recibir noticias, sólo habíamos quedado mis padres, mi abuelito, Jacob y yo, por un momento sólo se podía escuchar mi corazón y el da Jacob que latían entre acelerados y cautelosos. Teníamos las emociones contenidas, todo el tiempo mantuve mi mano en su rostro para compartir todo lo que estaba viviendo, y para mantenerlo lo más tranquilo posible.
Aunque ambos deseábamos ya tener a nuestro hijo en brazos, y saber que estaba completamente sano.
No tuvimos que esperar mucho más, en un pequeño suspiro, la cabecita de mi pequeño se deslizó fuera de mi cuerpo y el silencio del bosque fue roto por un fuerte y cantarín llanto. Se escuchaba tan sano, tan fuerte; temblé de emoción.
- Es un hermoso y fuerte niño –anunció radiante mi abuelito. Alrededor, todos contuvieron una exclamación de ternura.
- ¿Está sano? ¿Está bien? –pregunté con urgencia.
- Está perfecto, sano y hermoso –contestó orgulloso mi abuelito.
- Dámelo… por favor.
Extendí los brazos, y mi abuelito me lo colocó en ellos. Jamás había experimentado dicha tan grande, era tan distinto, a todo lo que había vivido, igual de hermoso y grande que mi amor por Jacob, pero completamente diferente, ese ser que tenía en mis brazos era parte de mí, era mi hijo.
Tuve tanto miedo de lastimarlo, se veía tan frágil, tan pequeñito, pero quería conocerlo, ver su carita, saber como eran sus rasgos. Lo acomodé en mi pecho, y me recargue en mi marido, ambos lo conocimos al mismo tiempo. Ambos vimos la pequeña carita mas hermosa del mundo; no era como en mis sueños, no tenía los rasgos de Jacob, que tanto deseaba, pero era perfecto. Su piel era blanca, como la mía, sus mejillas rosadas, a pesar de estar tan pequeño, volteo a verme con sus ojitos curiosos, y eran unos hermosos ojos verdes.
Completamente el rostro de mi padre estaba dibujado en mi bebé, en su cabello, aun apelmazado entre líquido amniótico y sangre, se podía apreciar pequeñas ondulaciones color bronce.
- Es exactamente como Edward cuando era humano - afirmó mi abuelito.
Mi corazón se llenó todavía más de ternura. Lo estreché dulcemente contra mi pecho, lo besé en la coronilla y mis lágrimas mojaron su cabecita -mi pequeño bebé- le canturreé -mi pequeño Ángel.
No quise llorar más, ya había derramado demasiadas lágrimas y además era el momento más feliz de mi vida.
Comencé a escuchar los sollozos de Jacob a mi espalda, me besó la frente y comenzó a acariciar a nuestro hijo.
- ¿Ángel? –me preguntó.
Le sonreí con ternura como respuesta, y con un tierno besó me dio su aprobación.
Mi mamá también estaba sollozando de alegría. Se acercó a nosotros y su rostro se iluminó, sabía la emoción tan grande que había sentido al ver los rasgos de mi padre reflejados en su nieto.
- Eres hermoso –le decía a mi bebé mientras acariciaba su mejilla. Al bebé no pareció molestarle la baja temperatura de mi mamá. Fue algo que me gustó, sentí un gran alivió ver que el bebé no reaccionaba mal ante el contacto frío de mi familia.
- Ángel –eres hermoso, le dijo mi padre mientras le depositaba un pequeño beso en su cabecita, cuidando de no posar demasiado los labios, para que no sintiera tanto el frío, el bebé, no se movió, por el contrario, volteó a ver a mi padre, como reconociendo su voz.
Estaba como hipnotizada viendo el pequeñito rostro hermoso de mi bebé, sentía que podía pasar la eternidad observándolo, así que no vi cuando regresó mi familia con las cosas necesarias para trasladarnos a la casa.
Fue un enorme sacrificio devolverle el bebé a mi abuelito para que lo envolviera en una sábana; en un abrir y cerrar de ojos yo también tuve puesta una bata de hospital.
Pude ponerme en pie, no sentía malestar alguno, sólo quería volver a tener a mi bebé en mis brazos, así que los extendí para que mi abuelito me lo devolviera.
- Apresurémonos a casa, hay que limpiar al bebé y confirmar que todo lo demás esta bien.
Mi papá nos tomó a ambos en brazos, y salió disparado hacía nuestro hogar seguido de todos; de repente nos convertimos en un borrón en medio del bosque.
Mi abuelito corrió hacia mí y yo me aparte de Jacob ligeramente, quien me veía con los ojos interrogantes, me apresuré a ponerle mi mano en su mejilla y decirle que el bebé estaba a punto de nacer.
Todos se agitaron alrededor, mi papá también estuvo a mi lado en una fracción de segundo, me recostó en el suelo, le exigió saber a mi abuelito mi estado.
- ¿Carlisle? –la voz angustiada de mi padre, alteró el animo de todos, sabía por mis pensamientos que sentía cada movimiento del bebé y que por la rapidez que estos ocurrían no faltaba mucho tiempo para que llegara al mundo.
- No hay tiempo de llevarla a la casa –anunció mi abuelito, Jacob se inclinó sobre mí, su rostro se volvió a crispar de angustia, mi prioridad era que él no se preocupara, el bebé venía en camino pero yo no sentía dolor alguno. Íbamos a estar bien.
- Perrito no te preocupes, todo esta bien ¿verdad abuelito?
Carlisle no contesto, pues estaba más concentrado en prepararse para recibir al bebé.
Rápidamente me despojó de la ropa, no tenía ningún instrumento médico para diagnosticarme, pero sí siglos de experiencia, aun así yo no era una humana, podía ser tal vez demasiado fuerte para el bebé.
- No pujes pequeña –me ordenó delicadamente –el bebé saldrá sólo, tu cuerpo está haciendo todo el trabajo.
Sentí un poco de pena cuando me quitaron la ropa, pero obviamente ninguno de los presentes me miraba de esa manera.
En seguida todos se organizaron para auxiliarnos, algunos se fueron a la casa a buscar lo necesario, y otros buscaron no incomodarme y decidieron retirarse, sólo un poco porque también se encontraban preocupados.
Todo fue ocurriendo muy rápido, las contracciones indoloras sucedían unas tras otras, en intervalos menores a los 30 segundos; claramente sentí como mi cuello uterino se abría y mi bebé se deslizaba delicadamente por el.
Cuando mi abuelito anunció que veía la cabeza del bebé, temblé de emoción, muy pronto lo tendría en mis brazos, conocería su rostro, tomaría sus manitas y no las soltaría nunca.
Mi precioso bebé -le repetía una y otra vez, me sentía bastante nerviosa, y con mucho miedo de que algo saliera mal, aun no era tiempo para el nacimiento aun faltaban un par de semanas, pero seguramente lo que acababa de vivir había acelerado el proceso, sólo pedía que todo saliera bien.
Se había hecho un enorme silencio expectante, cada uno de los presentes se había alejado para darnos espacio, los licántropos se había replegado en las cercanías, esperando a recibir noticias, sólo habíamos quedado mis padres, mi abuelito, Jacob y yo, por un momento sólo se podía escuchar mi corazón y el da Jacob que latían entre acelerados y cautelosos. Teníamos las emociones contenidas, todo el tiempo mantuve mi mano en su rostro para compartir todo lo que estaba viviendo, y para mantenerlo lo más tranquilo posible.
Aunque ambos deseábamos ya tener a nuestro hijo en brazos, y saber que estaba completamente sano.
No tuvimos que esperar mucho más, en un pequeño suspiro, la cabecita de mi pequeño se deslizó fuera de mi cuerpo y el silencio del bosque fue roto por un fuerte y cantarín llanto. Se escuchaba tan sano, tan fuerte; temblé de emoción.
- Es un hermoso y fuerte niño –anunció radiante mi abuelito. Alrededor, todos contuvieron una exclamación de ternura.
- ¿Está sano? ¿Está bien? –pregunté con urgencia.
- Está perfecto, sano y hermoso –contestó orgulloso mi abuelito.
- Dámelo… por favor.
Extendí los brazos, y mi abuelito me lo colocó en ellos. Jamás había experimentado dicha tan grande, era tan distinto, a todo lo que había vivido, igual de hermoso y grande que mi amor por Jacob, pero completamente diferente, ese ser que tenía en mis brazos era parte de mí, era mi hijo.
Tuve tanto miedo de lastimarlo, se veía tan frágil, tan pequeñito, pero quería conocerlo, ver su carita, saber como eran sus rasgos. Lo acomodé en mi pecho, y me recargue en mi marido, ambos lo conocimos al mismo tiempo. Ambos vimos la pequeña carita mas hermosa del mundo; no era como en mis sueños, no tenía los rasgos de Jacob, que tanto deseaba, pero era perfecto. Su piel era blanca, como la mía, sus mejillas rosadas, a pesar de estar tan pequeño, volteo a verme con sus ojitos curiosos, y eran unos hermosos ojos verdes.
Completamente el rostro de mi padre estaba dibujado en mi bebé, en su cabello, aun apelmazado entre líquido amniótico y sangre, se podía apreciar pequeñas ondulaciones color bronce.
- Es exactamente como Edward cuando era humano - afirmó mi abuelito.
Mi corazón se llenó todavía más de ternura. Lo estreché dulcemente contra mi pecho, lo besé en la coronilla y mis lágrimas mojaron su cabecita -mi pequeño bebé- le canturreé -mi pequeño Ángel.
No quise llorar más, ya había derramado demasiadas lágrimas y además era el momento más feliz de mi vida.
Comencé a escuchar los sollozos de Jacob a mi espalda, me besó la frente y comenzó a acariciar a nuestro hijo.
- ¿Ángel? –me preguntó.
Le sonreí con ternura como respuesta, y con un tierno besó me dio su aprobación.
Mi mamá también estaba sollozando de alegría. Se acercó a nosotros y su rostro se iluminó, sabía la emoción tan grande que había sentido al ver los rasgos de mi padre reflejados en su nieto.
- Eres hermoso –le decía a mi bebé mientras acariciaba su mejilla. Al bebé no pareció molestarle la baja temperatura de mi mamá. Fue algo que me gustó, sentí un gran alivió ver que el bebé no reaccionaba mal ante el contacto frío de mi familia.
- Ángel –eres hermoso, le dijo mi padre mientras le depositaba un pequeño beso en su cabecita, cuidando de no posar demasiado los labios, para que no sintiera tanto el frío, el bebé, no se movió, por el contrario, volteó a ver a mi padre, como reconociendo su voz.
Estaba como hipnotizada viendo el pequeñito rostro hermoso de mi bebé, sentía que podía pasar la eternidad observándolo, así que no vi cuando regresó mi familia con las cosas necesarias para trasladarnos a la casa.
Fue un enorme sacrificio devolverle el bebé a mi abuelito para que lo envolviera en una sábana; en un abrir y cerrar de ojos yo también tuve puesta una bata de hospital.
Pude ponerme en pie, no sentía malestar alguno, sólo quería volver a tener a mi bebé en mis brazos, así que los extendí para que mi abuelito me lo devolviera.
- Apresurémonos a casa, hay que limpiar al bebé y confirmar que todo lo demás esta bien.
Mi papá nos tomó a ambos en brazos, y salió disparado hacía nuestro hogar seguido de todos; de repente nos convertimos en un borrón en medio del bosque.
