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viernes, 24 de abril de 2009

Capitulo XXX

Mirar esos profundos ojos negros, que me veían con infinita angustia, fue como mirar la gloria, sentí que había llegado al paraíso; la paz y la seguridad estaban frente a mi, todo el miedo, la ira, el dolor se disiparon instantáneamente, al sentir el calor de su cercanía y el delicioso aroma de su presencia.
¡Mi Jacob!
El alivio fue tan grande que se me comenzó a derramar por los ojos en forma de lágrimas, quería correr a abrazarlo, sentirme a salvo, sentirme en casa abrazada a su gran cuello y hundirme en su pelo rojo, pero sabía que aun tenía una cosa pendiente por hacer.
Flotaba en ese remanso de paz, y el mundo había desaparecido al rededor, sólo estábamos Jacob y yo, pero aún no nos encontrábamos a salvo, el ser bajo las patas de mi marido convertido en lobo, trató de recobrar fuerzas y enderezarse.
Regresé a la realidad de golpe cuando Jacob levantó la cabeza hacía lo alto, como dirigiéndole una súplica a la luna y un fuerte aullido desgarró la noche.
Mi cuerpo vibro al unísono de ese lamento, supe perfectamente lo que seguía cuando al aullido se unieron muchos más desde las cercanías.
Inmediatamente supe que mi familia entera Quileute estaba ahí, pero también lo que iba a suceder a continuación; me estremecí.
A pesar del gran daño que me había intentado hacer Jane y que había presenciado como sin ningún remordimiento, había acabado con la vida de Ángel, su destrucción fue algo que no quise presenciar.
Giré el cuerpo justo a tiempo, para no ver como Jacob y Leah, que en ese momento había saltado entre nosotros, terminaban con su vida; mi cuerpo comenzó a temblar con violencia, y un pequeño quejido constante comenzó a salir de mi boca, no entendí por qué razón volví a entrar en pánico, pero tal vez mi cuerpo estaba reaccionando tardíamente a los acontecimientos.

Estaba a punto del colapso cuando dos brazos helados me envolvieron por el frente, acurrucándome tiernamente sobre su pecho; la mano amorosa de mi padre comenzó a acariciar mi nuca y mientras me repetía dulcemente al oído que todo estaba bien.
- Mi pequeña, cuanto lamento que tuvieras que pasar algo así –me repetía mi papá, con la voz entrecortada- Ya todo esta bien princesa, ya todo esta bien.

A mi espalda se amoldó mi madre, quien abrazó mi cuerpo como queriendo convertirnos en una sola, los tres llorábamos abiertamente, pero sólo yo derramaba lágrimas, que rodaban como ríos sobre mis mejillas y empapaban la camisa de mi padre.
Jamás un abrazo entre dos témpanos de hielo fue tan calido, sentí como el alivio iba recorriendo mis venas, y mi cuerpo comenzó a sentirse como si la sangre volviera a circular por primera vez, después de mucho tiempo estar congelada.
- Mi pequeña, ya estas bien – decía mi mamá, entre sollozos- ya todo terminó.

Poco a poco nos fuimos yendo al suelo, hasta que terminé hincada, sollozando en el hombro de mi padre y sujetando fuertemente las manos de mi madre.
Las lágrimas comenzaron a disminuir, y pude ver entre mis pestañas húmedas, como alrededor de nosotros estaba mi familia entera, mirándonos con la misma inmensa angustia, que no terminaba de alejarse a pesar de saber que ya todo estaba bien ahora, todos había sufrido tanto; la presencia de cada uno de ellos me iba reconfortando cada vez más.
Todos estaban ahí, mis abuelitos eran los que se encontraban más cerca, pude ver como mi abuelita Esme, hacía un enorme esfuerzo por no correr y unirse al abrazo, pero comprendía como todos los demás que ese era un momento entre mis padres y yo.
Rosalie también me miraba con inmenso dolor, sabía el cariño inmenso que sentía por mí, además talvez también se sentía culpable, pues me había quedado a su cuidado. Pero quién se iba a imaginar que algo así podía pasar. Emmett y los Gemelos estaban muy cerca de ella, les sonreí a medias, apenas podía concentrarme lo suficiente para hacer que mis músculos me obedecieran.
Sabía lo enojada que se encontraba Alice, pues su Don no había funcionado esta vez, para mantenerme a salvo, sabía perfectamente que se estaba reprochando no haber estado vigilando a Jane, pero seguramente la atmosfera estaba mucho mas relajada gracias a mi tío Jasper que abrazaba dulcemente la cintura de su mujer.
El clan de Denali también estaba ahí, después le contaría a Kate que ahora era capaz de hacer lo mismo que ella, pero aun era muy pronto para poder bromear con eso.
Y no me resultó para nada sorprendente que las vampiras del Amazonas también estuvieran ahí, incluso Karichi y Nahuel, supe al instante que mi mamá había salido disparada a rescatarme y todos los demás tras ella.
Las miradas amorosas de mi familia me habían ido reconfortando poco a poco, destensando mis músculos hasta el punto de casi sentirme en paz de nuevo, pero sabía que no podía sentirme completa hasta que estuviera en los brazos de Jake.
-¡Nessie! – escuche mi nombre entre un sollozo suplicante, esa voz tan conocida la sentí como bálsamo fresco recorriendo mi rostro, Jacob convertido en humano estaba parado a escasos centímetros de nosotros.
El sufrimiento y la angustia todavía no se alejaban de sus ojos, que me miraban suplicantes, buscando consuelo; sabía perfectamente lo que había sentido, lo mucho que había sufrido; desde su lado, las cosas se debieron vivir mucho peores, porque nada se compara con la angustia de no saber qué está pasando con la persona que más amas, en el mundo…
¡Oh mi pobre Jacob!
- Perrito –grite igualmente entre un leve sollozo.
Me aparte suavemente de mis padres, y corrí a encontrarme con sus brazos extendidos, nada deseaba más que sentir el calor de su cuerpo, nada en este mundo se comparaba con eso.
Nos fundimos en un abrazo eterno, hundí mi cabeza en su pecho y los sollozos se hicieron evidentes entre los dos, poco a poco nuestros labios se encontraron suavemente, de repente sentimos miedo de que el otro desapareciera, así que fuimos extremadamente cautelosos.
El calor de su cuerpo terminó por derretir mi angustia, diluyéndose en lágrimas, Jake me pedía perdón entre sollozos, sabía que se sentía culpable por no haberme protegido, puse mi mano en su rostro y se baño de sus lágrimas ardientes, le pedí que lo olvidara todo, que por supuesto el no había tenido la culpa, tenía miedo de contarle exactamente lo que había pasado, pues sabía que eso lo iba a hacerlo sentir mucho peor, así que sólo le conté sobre el don de Ángel, y como nadie hubiera podido hacer nada ante eso.
Ahora fui yo la que comencé a reconfortar a mi marido, “ya perrito, todo esta bien ahora” comencé a repetirle con dulzura.
Comencé a sentirme tan bien que hubiera querido quedarme en sus brazos por la eternidad, quería estar besando sus ardientes labios y sintiendo su calido aliento por siempre, pero un ligero movimiento en los huesos de mis caderas me hicieron reaccionar, sabía perfectamente lo que estaba pasando, no sentí dolor alguno pero pude notar claramente como mi bebé comenzaba a prepararse lentamente, para deslizarse hacia fuera de mi cuerpo.